Katseye, o cómo fabricar una revolución con autotune y cara de póker
Alicante, 1 de diciembre de 2025. Finalizando el otoño con ese frío traicionero que te cala los huesos como si el levante hubiera decidido tomarse unas vacaciones y dejarle el mando al mistral. Yo, acá, con la campera de cuero que usé para ir a ver a Maiden en el 96 todavía oliendo a porro y cerveza barata, intentando no congelarme mientras el algoritmo me escupe el último MV de las Katseye como si yo hubiera pedido una recomendación personalizada. Spoiler: no la pedí. Pero ahí está, “Internet Girl”, fresco de esta semana, seis chicas bailando en sincronía perfecta (discutible) alrededor de una narrativa que parece salida de un brainstorm de marketing: empoderamiento latino con toques de pixel art ochentero y un estribillo que jura que “soy una reina en mi propio juego” mientras el beat suena a todo lo que he odiado desde que descubrí el power chord de Angus Young.Seis minitas que parecen diseñadas por un comité de ejecutivos que se reunieron un martes después de almorzar sushi caro: “Necesitamos una que parezca anime, otra que sea la ‘latina sexy’ (discutible 2) pero sin que hable mucho por las dudas, una rubia para el mercado yankee, una japonesa para los otakus con plata y dos coreanas porque, bueno, es k-pop, che, hay que respetar la tradición”. Y listo, Frankenstein pero con pestañas magnéticas y contrato de siete años. En “Gabriela”, la venezolana Daniela lleva el peso del “representar” con un verso en español que dura lo que un sorbo de café en ayunas, y el resto hace coros en un inglés procesado que podría ser sueco o klingon, da igual. Todo envuelto en un vídeo dirigido por un tipo que hizo cosas con Jessica Alba, porque nada grita “autenticidad global” como cameos de Hollywood reciclados.Lo mejor –o lo peor, según el volumen al que lo escuches– es el discurso: “La primera girl group global, rompiendo barreras”. Claro, rompieron barreras… las de la vergüenza ajena. Porque cantar en inglés con acento de profesora de yoga de Los Ángeles, hacer un guiño en español (“¡ay, mi corazón!”) y luego soltar un “saranghae” como si te acabaran de pisar un callo, eso sí que es multiculturalismo del siglo XXI. Mafalda se levantaría de la tumba para decirles: “¿Y el mundo? ¿Cuándo lo arreglan, chicas? ¿O solo van a seguir fingiendo que este loop de sintetizadores es una declaración política?” Pero no, mejor un dance break en formación de estrella, con luces que parpadean más rápido que los solos de Ritchie Blackmore en un mal día.El fandom, por supuesto, está en su apogeo. Adultos con hipoteca discutiendo si Daniela es la “main dancer” o solo la que más sale porque la empresa la empuja. Y hay hilos de 80 tuits analizando eso, hermano. Con esa energía podrías resolver el conflicto palestino-israelí, o al menos armar un pogo decente en un show de música de verdad. Pero no, mejor hacer edit de 4K con corazones voladores y hashtags que prometen “slay” como si fuera un hechizo de Harry Potter.Lo irónico es que todos sabemos cómo termina esto, y lo digo yo, que llevo décadas fiel a tipos que sudan cerveza en el escenario y no en un estudio con aire acondicionado. En diez años, cuando el contrato expire y alguna se atreva a contar que le prohibían comer arroz porque “engorda en cámara” o que un productor desagradable a la vista la miró con lujuria, el mismo fandom que hoy las llama “mis bebés” va a decir “uy, no sabía, yo solo escuchaba la música”. Como con las chicas de Morning Musume, como con las de Pussycat Dolls, como con las pobres pibas de la factoría Motown que cantaban soul mientras les pagaban en vales de comida. Pero mientras, ahí están: sonriendo como si les pagaran por muela, haciendo aegyo hasta que se les acalambren los cachetes, hablando de “be yourself” mientras llevan el mismo vestido que 47 grupos más, pero en otro color. Es tan descaradamente falso que termina siendo honesto.Yo, que crecí con el trueno de “Highway to Hell” retumbando en mi equipito AIWA con doble casetera y que casi lloro cuando me enteré que los Hosen hacen su última gira por Argentina el año próximo y seguramente no podré verlos –porque Campino todavía escupe verdades en alemán mientras estos ángeles de autotune susurran mentiras en coreano–, no les echo la culpa a las pibas. Ellas son el producto final de un sistema que lleva un siglo perfeccionando la fórmula: agarrás criaturas jóvenes, hermosas (discutible 3) y obedientes, les das un sueño más grande que su miedo, y las ponés a cantar sobre libertad mientras firman que no pueden ni cagar sin permiso. Es el mismo truco desde Judy Garland hasta Britney; las Spice Girls o Menudo. Solo que ahora hay más filtros y menos cocaína (supuestamente). Y yo, en vez de unirme al challenge de “Gabriela” –que implica menear las caderas como si fueras un robot con resaca–, prefiero poner “Run to the Hills” a todo volumen y fingir que el heavy metal todavía puede salvarnos del tedio.En fin, que viva Katseye. Que sigan rompiendo récords de views mientras rompen la columna a las bailarinas de fondo que ni salen en el crédito. Que el algoritmo nos siga sirviendo sueños en 4K con subtítulos en ocho idiomas. Total, mañana sale otro grupo con el mismo molde pero con una china y una brasileña para “refrescar” el concepto.Y habrá nuevos (o los mismos) aplaudidores de pie: los que gritan “queen” desde el sofá con la panza llena de Doritos y la camiseta de Katseye comprada en Shein a 12,99 €; los que se sienten revolucionarios porque aprendieron a hacer el corazón coreano con los dedos; los que defienden a muerte a su bias como si fuera la selección en un Mundial, pero si mañana la empresa decide borrar a esa misma chica del grupo, en dos semanas ya están stanando a la siguiente trainee de 16 años que ni sabe dónde queda su país en el mapa. Confunden consumo con militancia y likes con barricadas. Los mismos que en los 80 compraban posters de Samantha Fox pensando que eran feministas porque “mirá cómo se la banca sola” (yo tenía uno porque estaba buenísima). O quizá simplemente son adolescentes (o adultos que siguen en una adolescencia permanente... cuantos ejemplos hay de eso en política) que aún no vieron el mundo aunque les hagan creer que con esa sensación de permanencia que ofrecen muy bien las redes sociales ya es suficiente para saberlo todo.Porque cambiar el mundo es difícil, boludo. Requiere ensuciarse, gritar de verdad, romper algo que no se pueda arreglar con un filtro Valencia. Hacer un challenge con la lengua afuera, en cambio… eso sí lo dominamos todos. Hasta los que decimos que odiamos esta mierda terminamos mirando el vídeo completo “para criticarlo mejor”.Ojalá algún día lo intenten con un riff de Maiden. Ahí sí que habría revolución. O por lo menos, un buen pogo.
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