El arte de emprender en tiempos de recesión (o cómo arruinar las ganas de trabajar con una sonrisa burocrática)

Ser autónomo en España hoy es un acto de fe. De fe en uno mismo, en el cliente que promete volver, en que el Ayuntamiento no saque un nuevo estatuto donde exija que los mozos deben usar sombrero de gala los días jueves y en que el banco no cambie las condiciones del préstamo antes de fin de mes. Se habla del “emprendimiento” (del emprendedurismo en realidad) como si fuera una vocación divina, cuando ciertamente es una mezcla entre necesidad, testarudez y una ligera tendencia al masoquismo administrativo.

Suelo escuchar que “España necesita emprendedores” o se maravillan y tildan de cuasi héroe al que se anima a empezar un negocio de cero, pero a veces parece que lo que realmente se necesita son más funcionarios para tramitar los papeles de los emprendedores. Entre la cuota de autónomos, el IVA trimestral, el IRPF y la tasa municipal por tener una silla en la calle, el Estado se lleva la mejor parte antes de que llegue el primer cliente. No se trata de no pagar —faltaría más—, se trata de pagar sin sentir que te están haciendo un experimento social.

Según el INE (Instituto Nacional de Estadística), más autónomos cierran que abren. Y no porque no haya talento o ganas, sino porque mantener un negocio pequeño en esta economía es una tarea quijotesca. Mientras tanto, los políticos siguen hablando de “resiliencia” con una sonrisa que solo puede tener alguien que nunca ha emitido una factura (o la ha emitido, pero por un servicio que nunca ha hecho).

Del lado del trabajador con nómina las cosas no están mucho mejor. El desempleo ronda el 11%, el juvenil casi triplica esa cifra, y sin embargo los empresarios no encuentran trabajadores. Es un misterio digno de serie documental: El enigma del empleo perdido. Hay currículums que no encuentran jefes y jefes que no encuentran ganas. Plataformas de búsqueda de empleo que hacen su negocio en base a la necesidad ajena, empresas de preparación para oposiciones que funcionan como una gran aceitera para los engranajes del curro a la española (ver entrada anterior). Algunos culpan a las ayudas estatales, otros a los salarios bajos, y la mayoría a la pereza ajena. Nadie, claro, a la estructura absurda que premia la pasividad y castiga la iniciativa. Lo cierto es quién puede vivir con un sueldo promedio que cada vez está más cerca del mínimo (sólo 3% de diferencia entre ambos).

La recesión global tampoco da tregua. Europa le llama “ajuste técnico”, Argentina “transición ordenada” (una frase que ya es un género literario) y Estados Unidos “soft landing”, que suena bonito hasta que uno se da cuenta de que aterriza sin tren de aterrizaje. En cualquier caso, la sensación es la misma: los precios suben, los sueldos bajan y los discursos se reciclan (y la vergüenza parece no aparecer).

Un ministro español y uno argentino podrían intercambiar carpetas sin cambiar ni una coma. Ambos dominan el arte del eufemismo presupuestario: donde hay recortes, hablan de optimización; donde hay impuestos, de solidaridad; y donde hay ruina, de oportunidad. La presidente de México, Claudia Sheinbaum, ha negado la creación de "nuevos impuestos", argumentando que en lugar de eso se están implementando "ajustes administrativos y recaudatorios" para mejorar la recaudación fiscal (es el “ajuste temporal reembolsable” de Lisa Simpson del futuro). No hay nada más universal que la distancia entre un político y la realidad.

Ser autónomo, entonces, es una forma de resistencia cívica. No es una profesión, es un estado mental. Uno aprende a convivir con la incertidumbre, con los plazos de Hacienda y el “vivimos al día” como mantra. Aprendes que el mercado no se regula solo, que la competencia desleal tiene nombre y apellido, que la mala leche es tan universal como el fútbol y que la ilusión se amortiza más rápido que el mobiliario.

A veces, uno piensa que emprender debería dar derecho a un psicólogo gratuito. No tanto por el estrés (o también por eso), sino por el síndrome de “todo depende de mí” que se instala en la cabeza como una alarma. El éxito, el fracaso, el cierre del trimestre y el humor de los clientes parecen girar alrededor de la misma persona. Aún así, seguimos. No por fe en el sistema, sino por ese raro impulso humano de no rendirse aunque todo indique que deberíamos (es cambiar figuritas con uno mismo y tratarse de hacer trampa autoengañándose sopesando los contras y los contras, no hay pros).

Lo curioso es que, pese a las trabas, sigue habiendo movimiento. Nuevos locales, nuevos proyectos, nuevas ideas. La gente no se rinde. Tal vez porque la obstinación es el verdadero motor económico. No los fondos europeos ni los planes de digitalización, sino la terquedad (y de eso entiendo mucho) del que cree que con trabajo se puede vivir mejor. Es un pensamiento ingenuo, sí. Pero también el único que sostiene a medio país.

Y ahí estamos, los autónomos, los pequeños emprendedores, los inmigrantes con ganas, los que pagan impuestos sin entender muy bien cómo. Haciendo girar la rueda, aunque esté oxidada. Intentando mantener la dignidad, aunque la rentabilidad no acompañe.

Quizá algún día los políticos lo entiendan. Y si no, al menos que no jodan.

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