El primer año del resto de nuestras vidas...

Hace 365 días bajábamos de un avión de Air Europa en el aeropuerto Miguel Hernández de Alicante con 11 valijas grandes, 3 carry on y 3 mochilas. Es difícil desarmar una casa y meter todo en esa cantidad de petates, pero se hizo. Quedaron cosas, pero de a poco se irán trayendo. Muchas otras se tiraron, regalaron, malvendieron… fue un ejercicio de desprendimiento material muy importante. 

No conocíamos la ciudad (más allá de lo visto en internet), no conocíamos a nadie allí. Cuando nos preguntaban por qué eligieron Alicante la respuesta formal era: “hicimos una pequeña tarea de investigación donde fuimos acotando destinos; primero elegimos España por una cuestión de idioma y cultura; sabíamos que no queríamos nuevamente una ciudad grande (descartadas Madrid, Barcelona, Valencia…) pero con acceso a todos lados (las carreteras españolas son magníficas y Alicante tiene aeropuerto internacional y tren de alta velocidad); donde nuestro hijo pueda crecer con acceso a cualquier oportunidad que elija (Alicante tiene Universidad propia y es un polo no solamente turístico sino también industrial) y donde el clima no fuera un problema (descartado el norte, Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco por la lluvia y lo gris; y el sur, Andalucía por el calor). De esta manera nos quedamos con un triángulo cuyos vértices se encontraban en la Comunidad de Madrid, Cartagena en Murcia y Cullera en la Comunidad Valenciana. Dentro de este triángulo, sobre su base, y con el plus de tener el Mediterráneo de frente y las sierras (hasta con algo de nieve en invierno) en la espalda estaba Alicante (Alacant)”. Nunca lo dudamos, el destino era ese: por qué; la respuesta racional es la que dábamos como formal, pero la verdad, es que no lo sé, así como cuando decidimos irnos de Argentina fue un momento en el cual nos miramos con mi mujer y nos dijimos “nos vamos?” y sin más empezamos a trabajar para que se haga realidad (a pesar de recién habernos mudados de casa y estar 6 meses en obra); con Alicante tuvimos la misma sensación, era ahí, sin duda, tenía que ser ahí…

Salimos de un Buenos Aires primaveral bastante lluviosa y llegamos a un otoño (bastante parecido a la primavera argentina) del otro hemisferio. El veranito nos tenía preparado el record histórico de calor en la provincia.

Los primeros meses nos centramos en lidiar con la burocracia de los trámites locales (si hay algo que saben los españoles, es de burocracia) y en conocer donde estábamos. Es tanto, tan imponente, tan inabarcable, nunca se acaba, siempre hay algo más para descubrir, cada piedra tiene su historia, cada pueblito su idiosincrasia. Por otro lado, las distancias son amigables por lo cual cualquiera que tenga un poco de espíritu viajero puede dedicarse a conocer nuevos lugares sin aburrirse. No solamente a nivel geográfico-histórico, sino también, y diría sobre todo, a nivel socio-antropológico. Ir a un supermercado, es una experiencia nueva. Subirse a un transporte público, es una aventura. Conocer las calles, la gente, las fiestas, los modos, los horarios, el lenguaje, los medios de comunicación, los servicios… las costumbres. 

Establecidos, el panorama se asienta. Ya empezás a hablar de donde estás como “casa”. Reconocés algunas caras en el barrio y en la tele. Los pocos consumibles (remedios, artículos de tocador, pilas...) que trajiste de Argentina ya se te acabaron y tuviste que cambiarlos por los de acá. Comparás y conocés las marcas locales. La rutina empieza a aceitarse; y la rutina no es mala porque es nueva. El ritmo te cambia, la locura baja. Si tuviste la suerte de conseguir trabajo (porque no está fácil en la España post pandemia) ya sos uno más; y te empezás a dar cuenta que desde que llegaste lo fuiste, no tenés nada de especial por ser un inmigrante que se vino a “probar suerte” o a la marchanta o con algo fijo… sos uno más que tiene que entrar en otra sociedad; con sus cosas buenas y sus cosas malas. A pelearla; porque hay muchos que están en la misma que vos (y cada vez más), con distintas realidades, pero en la misma. Capaz que tu historia sale en La Nación, pero es una más y cada una es completamente personal. Las experiencias de los otros te pueden servir como una mini guía, pero no las podés usar como un manual con pasos fijos a seguir. Tu experiencia va a ser tuya. Te vas a cruzar con otros que están como vos, a algunos les vas a pedir consejo y a otros se los vas a dar, tenés que ser generoso con la información y humilde para recibir recomendación. Vas a hacer nuevos amigos o conocidos (hasta el concepto de amistad es distinto). Te va a pegar la nostalgia y vas a buscar el bodegón donde se juntan los argentos (o lo vas a evitar conscientemente). Vas a buscar las medialunas de los domingos y no van a tener el mismo gusto. Por eso el convencimiento (el autoconocimiento, la adaptabilidad y la sinceridad con uno mismo también) es clave y diría que hay que aplicar una gran dosis de racionalidad; porque lo emocional te va a pinchar, vas a extrañar (quizá a los amigos, quizá a la familia que dejaste, quizá una fugazzetta rellena, quizá el colectivo 126 que tanto puteaste) pero es esperable, foco en el objetivo de ir para adelante y a remarla. No queda otra, pero la sensación es que acá el agua no es dulce de leche y son muchas las oportunidades para explorar. 

No es fácil, no es rápido, no podés tomar atajos, no es para todos… pero vale la pena. La sensación de cuaderno nuevo es impagable, asusta, pero da mucha felicidad. En un año escribimos bastantes páginas, con algunos manchones, correcciones y agujeros; pero es un cuaderno gordo y nos va a encantar seguir gastando birome escribiendo.

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